Deseo
El deseo es una sustancia del corazón que es invisible a los ojos físicos, sin embargo, influencia poderosamente en nuestras acciones.
Existen dos clases de deseos. El deseo negativo es el deseo que proviene del diablo y de la carne, y se caracteriza por ser egocéntrico, pasivo y destructivo. “Así que les digo: Vivan por el Espíritu, y no seguirán los deseos de la naturaleza pecaminosa” (Gálatas 5:16). Esta clase de deseos es sinónimo de ambición y avaricia.
Por otro lado, se encuentra el deseo positivo, que es el querer que produce Dios, el anhelo fervoroso por cumplir el propósito divino, y se caracteriza por ser activo y beneficioso para los demás. Filipenses 2:13 enseña: “Pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad”. Aquí, el querer es nada menos que el deseo ferviente que produce el Espíritu Santo. Por tanto, debemos entender que el deseo es un elemento que el Espíritu Santo usa para transformar la tercera dimensión.
Todos los hombres de la Biblia inician su comunión con Dios, cuando éstos reciben la palabra de Dios. Pero la palabra de Dios siempre tiene una secuencia. Esa secuencia es el deseo que Dios produce en el hombre a través de su palabra. En pocas palabras, Dios comienza su obra en el hombre a través del deseo.
Abraham era un hombre con un gran deseo. Su deseo comenzó cuando escuchó la palabra de Dios que le dijo: “Haré de tí una nación grande... y serás bendición” (Génesis 12:2). Sin embargo, las circunstancias no lo acompañaban, y cuando todo daba a entender que su deseo no iba a ser realizado, Abraham le preguntó con indignación: “Señor y Dios, ¿cómo sabré que voy a poseerla?” (Génesis 15:8).
Esta pregunta es trascendental, porque demuestra que la palabra de Dios había producido un fuerte deseo en el corazón de Abraham, es decir, el deseo de que a través de él, iba a formarse una nación grande, porque Dios trabaja con el corazón a través del deseo.
Cuando era niño, mi sueño era tener una bicicleta. Era una época difícil, y no tenía ingreso alguno. Además, mi carácter pasivo jugó en contra, y ni siquiera me atreví a expresar a mis padres el fuerte deseo que tenía en mi corazón.
Un día, me encontraba al frente de un almanaque realizando algunas cuentas, pero los números no me daban. Tenía un deseo tan fuerte que cada vez que veía una bicicleta, me quedaba mirando hasta que desapareciera de mi vista. Oraba a Dios, pues había en mi un fuerte deseo. Pensaba de día y de noche, hasta soñaba que andaba en bicicleta por toda la ciudad.
Luego de unos meses, un día, muy temprano por la mañana, alguien me dejó algo en el pasillo de mi casa. ¿Adivinen qué? ¡Una bicicleta! Lo sorprendente de todo esto es que nunca había dicho a nadie acerca de mi deseo, sino que simplemente lo había concebido en mi corazón.
“Deléitate en el Señor, y él te concederá los deseos de tu corazón” (Salmo 37:4). Salmo 107:30 dice: “Ante esa calma se alegraron, y Dios los llevó al puerto anhelado”. Aquí, el puerto anhelado es el puerto del deseo. En otras palabras, Dios es un Dios que hace cumplir nuestros deseos.
¿Cómo vivir en la Cuarta Dimensión? - Deseo
Publicado por Camino Opuesto - BlogFuente: La Cuarta Dimensión
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